BORIS GODUNOV


La Fura dels Baus
Boris Godunov de Alex Ollé y David Plana
Teatro Nacional de Cataluña, Barcelona, del 17 de abril al 11 de mayo de 2008, 100 min.
Teatro Metropolitan, ciudad de México, del 23 al 25 de septiembre de 2009.
(Texto publicado originalmente en el número 61 de La Tempestad)

En uno de los pasajes más aleccionadores de Boris Godunov, la más reciente producción de La Fura dels Baus, Óscar —uno de los pretendidos terroristas que toman por asalto el foro en plena alusión a los sucesos ocurridos en el Teatro Dubrovka de Moscú en octubre de 2002—, afirma que “la guerra ya no es la continuación de la política con otros medios; la política es la continuación de la guerra con otros miedos”.

Lo anterior se presta como preámbulo para abordar lo que acaso ha sido uno de los montajes más críticos de la agrupación catalana desde su consolidación en 1979, cuando convencidos del poder de la “creación participativa” decidieron incluir no sólo nuevos soportes tecnológicos en el desarrollo de sus montajes, sino también la integración de una suerte de espectador-actor que les condujo entonces al terreno de la acción post-performática.

Acostumbrados a la “provocación” como punto de partida, los integrantes de La Fura concretaron esta vez un espectáculo que —lejos de estacionarse en la detracción frente a la decadencia de la clase política—, siembra en el espectador la experiencia perturbadora de ser víctima de un atentado terrorista.

La situación es esta: minutos después de comenzada la representación de una versión libre del Boris Godunov de Aleksandr Pushkin, un grupo de encapuchados toma por asalto el teatro, metralla en mano, provocando el pánico entre los asistentes a quienes discreta, pero enfáticamente hace partícipes del entramado mediante una puesta en escena que confunde oscuridad con paranoia.

A lo largo de la hora y cuarenta minutos que dura el espectáculo, el público, nervioso casi a todo momento, permanece alerta a los vaivenes tanto físicos como verbales de los supuestos terroristas que a la vez que justifican sus actos, lanzan consignas letales contra ese poder que al tiempo que salvaguarda los intereses de una nación, aniquila de manera macabra los de otra. Paralelamente, un supuesto gabinete de emergencia entra en escena vía video, desentrañando así la otra cara del terrorismo: el institucionalizado por el gobierno.

Hasta aquí, cualquier parecido con la realidad, aparece como mera coincidencia. Pero más que a la recreación de la masacre del Dubrovka (en la que perecieron cerca de 170 personas luego de infructuosas negociaciones entre el gobierno ruso y un comando checheno que pedía la retirada de las tropas rusas de su territorio, a cambio de la liberación de los más de setencientos asistentes a la representación del musical Nord-Ost el 23 de octubre de 2002), el espectador asiste a una meta-escenificación que tiene por objeto servir de espejo a las atroces acciones políticas del entorno: “no queríamos hablar de unos terroristas en específico, sino de conceptos universales que son inherentes al ser humano de cualquier época: la lucha por el poder, la violencia como método para imponer ideas y la corrupción de las estructuras del poder que acaba siempre por cobrar víctimas inocentes”. De ahí que no resulte accidental la elección del Godunov de Pushkin como caldo de cultivo para el espectáculo de los también creadores de Orfeo y el Fausto 3.0.

Y es que en la pieza original, es el propio Boris, quien en su afán por convertirse en Zar de una Rusia predispuesta a la debacle, asesina al joven heredero de la corona para tomar el poder de la manera más ilegítima y convertirse así en uno de los arquetipos predilectos de la literatura rusa. El Boris Godunov de La Fura dels Baus no dista mucho de su modelo primigenio.

Con la diferencia de que las plegarias masivas incluidas en el texto de Pushkin han sido sustituidas por escenografía multimedia, la demagogia aquí se elonga hasta su límite extremo: aquel en que el asesinato en tiempo real, se entremezcla con el discurso de algunos de los dirigentes políticos más criticados del momento: el factor Bush brillando sobre el firmamento.

Teatro hiperrealista en principio; un gran happening político, aunque sus responsables lo nieguen, en el fondo de todo.

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