II




Una tarde, senté a la belleza entre mis piernas y la encontré insípida. Y la injurié. Me tomó por sorpresa y no pude sino lamer con violencia su polla casi infantil y después darle por culo hasta que hubo quedado casi muerta. Lamí a la belleza hasta dejarla escaldada. Succioné su aliento para retenerla, pero se escapaba. Un lamento de perro y la aparté de mí para escupirla y echarla, a puntapiés por la espalda, de mi casa.

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